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Tomando un baño

El pudor del ser humano obliga al bañista a cambiarse de ropa en las cabinas o casetas de baño, biombos para resguardarse de miradas ajenas.
Estas casetas estaban introducidas en ocasiones en el mismo mar y las utilizaban las personas, enfermas y sanas, para poder cambiarse tranquilamente sin sentirse incómodos.

Según el problema a tratar había que seguir un plan de recuperación que podía ser parecido al siguiente:

“Está recomendado no permanecer más que de cinco a diez minutos, secarse enseguida y ponerse ropa seca. Para secarse es recomendable pasear. Reposar dos días, luego tomar un baño a despecho. El mar debe de ser usado con inteligencia y discreción.

No es recomendable zambullirse en el agua sin una preparación previa, primero hay que mojarse la cabeza, a veces incluso lanzarse por encima de la cabeza uno o dos cubos de agua antes de entrar en el mar. Estos baños de mar, tomados así durante un periodo de entre veinte y treinta días en la estación más cálida del año pueden entrañar una completa puesta en forma.”

Durante todo el siglo XIX, el baño de mar, desde que empezó a ser prescrito médicamente, se tomaba exactamente en los centros especializados y establecimientos de curas termales.

Hasta el año 1914, a pesar del paso de una práctica medicinal del agua a una práctica asociada con el descanso y la diversión, el ir a bañarse no significaba ponerse un bañador y lanzarse al agua. De hecho, era todo lo contrario. El ir a tomar un baño implicaba tener que calzarse una sucesión de accesorios, todos ellos creados con la finalidad de terminar con el factor pudor.

Así, el o la bañista ( más a menudo “la” ) tenía que introducirse en casetas móviles de madera, que se sumergen en el agua a una altura conveniente, ya en el mar el agua penetraba por los intersticios de las planchas de madera. El sistema de cabina móvil fue poco a poco perfeccionándose, permitiendo al bañista ir, rodando, hasta el mar, sin la necesidad de exponerse a una desnudez relativa.

Los bañistas se cambiaban de vestimenta en los carros y colocaban sillas de madera fuera, en la arena, para tertuliar con sus amistades. Un cronista de la época llegó a escribir los siguiente:

“ la playa está llena de gente que se baña y grita ( por que el agua estaba muy fría ).” Hoy en día, en nuestras playas, podemos ver todavía cabinas, estas de pago, para cambiarse de ropa. Las antiguas estaban hechas de madera y montadas sobre ruedas, mientras que las actuales tienden a estar fabricadas con plástico.

Por Ana Alvarez
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Dentro de Historia del Traje de Baño