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Los accesorios para el baño

En el 1850, el siglo de los primeros baños de mar, no se había inventado aún el furor del bochorno. Las estaciones balnearias como Deauville o Biarritz hacen que despierte en la aristocracia el gusto por los juegos de baño.
Sin embargo no hay lugar para hombres o mujeres desnudos o para piernas desvestidas. El vestido es pesado y cubre casi la totalidad del cuerpo, y va acompañado de una multitud de accesorios, cuya finalidad es la de guardar el pudor. Gorro, sandalias de baño, tissus de baño ( toallitas para secarse el indecoroso sudor corporal producido por los rayos solares ) ... estos accesorios eran indispensables para los bañistas.

Corsés para el baño:
Durante todo el siglo XIX y hasta los años veinte, era impensable que una mujer de cierta condición y clase apareciera en público sin que su talla estuviese estrangulada por esta argolla célebre que recibe el nombre de corsé.

Esta ropa interior, exclusivamente femenina, era un tipo de armazón que enlazaba en la espalda y su función era la de mantener el pecho y las caderas. Cambiaba en función de la moda del momento, pero aún así, no había una sola actividad diaria que supusiera no ponerse el corsé. Ni incluso el baño, entendido como un ejercicio de demostración de la desnudez, largo tiempo escondida.

Para estos ejercicios acuáticos se necesita adaptar el corsé, para que permita a la mujer de mundo mostrarse decentemente en las playas. Así, un artículo de 1905 de una revista de moda notifica que se hacen corsés de tul grueso para de ese modo bañarse sin ningún temor.

Calzados de baño:
Puesto que los nadadores debían de andar algunos metros desde las cabinas hasta el mar, se aconsejaba proteger los pies con calzados, para evitar posibles accidentes con guijarros o materiales escondidos en la arena. Siendo, al principio de los baños de mar, un par de simples zuecos eran algo bastante recomendado.

El bañista dejaba su calzado cerca del borde de la playa, y los recogía a la salida del agua. A la orilla del siglo XX se aconsejaba llevar zapatos blandos trenzados de lana o de paño armados de suelas que les confirieran aspecto actual de alpargatas enlazadas en los tobillos.
Estos calzados protegían los pies sobre el suelo firme y también podían ser utilizados a la hora de nadar. Las más púdicas podían llevar estas sandalias con bajos, muy extendidas hacia el año 1905.

El gran periodo del albornoz de baño:
Mientras que el baño estaba considerado por sus virtudes curativas, el paciente-bañista debía, desde su salida a las aguas, calentarse vivamente a fin de aumentar la eficacia del tratamiento médico. En un principio este fue el fin por el cual había sido concebido el albornoz. Cuyo uso perdura hasta los años treinta, años en los que se convierte en un accesorio de moda y sofisticación.

Entre los años 1850 y 1860 el albornoz de lana cálido y delicado, se deja en la arena al introducirse en el agua y se retoma rápidamente al salir del baño, se guarnece de un largo capuchón que se puede bajar a voluntad. Este albornoz podía también disimular la fisonomía del enfermo, durante su trayecto del agua a la cabina.

Bonetes y gorros:
De la misma forma que no está inscrito en los hábitos del vestido durante finales del siglo XIX el salir a la calle con la cabeza desnuda, sin sombrero, es absolutamente desusado el correr al baño sin haberse encasquetado un bonete a la cabeza.

Existían gorros tricotados, piezas en tejidos encauchutados o sedosos. Se llevaban bonetes, gorros con volantes, turbantes enrollados sobre la cabeza denominados “madrás”... Estos gorros no eran inconvenientes para los que querían adquirir bronceado, ya que su instalación precaria, en lo alto del cráneo, los convertía en juguetes de las primeras olas.
Con el tiempo se encuentran incluso franjas de cabellos partidos, mechones, que unidos al bonete enmarcan la cara de la bañista.

Por Ana Alvarez
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