Las ilustraciones que han adornado las distintas ediciones del Quijote muestran las cambiantes interpretaciones propias de cada época y cada artista sobre la obra de Cervantes. Las técnicas empleadas, formato y los aspectos puramente estéticos testimonian la transformación social, cultural y artística a lo largo de los siglos XVII a XIX. Por lo tanto el Quijote no solo muestra la evolución de la ilustración en la novela, sino que hace un recorrido por la historia del libro, el arte y la cultura occidental.
El poder de persuasión de las primeras imágenes, a través de estampas que mostraban la figura de un don Quijote descrito en el primer capítulo de la novela "de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro" y de un Sancho con "barriga grande, el talle corto y las zancas largas", permite elaborar una iconografía que, con las transformaciones estilísticas de cada época, se ha perpetuado hasta nuestros días.
La ilustración de un libro obliga a los artistas a tomar decisiones y a reinterpretar la palabra escrita por muy inequívoca que sea la historia en sí:
Tras leer demasiados libros de caballería, un hidalgo de la España del siglo XVII decide abandonar su casa, en la que vive con su sobrina y su Ama, y convertirse en caballero andante. Pero el mundo que se encuentra no es como el que se describe en sus libros, ya no hay caballeros andantes a los que desafiar ni princesas esperando a ser rescatadas. Así que no tiene otro remedio más que reconstruir el entorno y ajustarlo a sus lecturas, pero aquél no resulta ser tan maleable, lo que le causa más de un contratiempo y humillación cómicas.
Los críticos han dado varios significados a la obra de Cervantes, algunos sostienen que la obra es un libro sobre libros, una sátira contra las novelas de caballería, de género familiar para los lectores de la época de Cervantes; otros mantienen que es una crítica de las costumbres españolas del siglo XVII, en particular de su código de comportamiento caballeresco; la postura más arraigada sostiene que es el retrato de un idealista que fracasa gloriosamente en su búsqueda altruista. Estas interpretaciones conducen a diferentes juicios sobre don Quijote: según las dos primeras, encarna a una figura ridícula que provoca la risa, mientras que para los partidarios de la tercera don Quijote es un alma noble. Estos cambios de interpretación se suceden a través del tiempo, tras la aparición de la novela en 1605; durante los siglos XVII XVIII la obra era considerada una sátira literaria o una comedia de costumbres; más tarde, en el siglo XIX, los críticos románticos introdujeron una nueva caracterización, la de un Quijote visionario en un mundo carente de comprensión.
Los ilustradores del Quijote han dispuesto de una gran variedad interpretativa donde elegir, así pues, resulta mucho más difícil de lo que se pudiera pensar el crear una relación entre texto e imagen. Muchas de las complejidades arrastradas por dicho proceso quedan patentes en la aparentemente sencilla cuestión de cómo retratar a
don Quijote. Al principio del texto Cervantes le describe de la siguiente manera: "frisaba la edad con los cincuenta años, de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro" más adelante aparece como "seco, alto, tendido, con las quijadas que por de dentro se besaba la una con la otra". A pesar de los detalles de esta descripción física, la respuesta de los ilustradores es distinta. Para la mayoría de artistas anteriores al siglo XIX don Quijote es un hombre de edad, aunque fuerte y vigoroso, mientras que en las versiones posteriores es menos imponente, incluso frágil y grotesco.
El estilo del artista, y la época en la que vivió también afectaban a la interpretación de la novela, por ejemplo, el grabador alemán Daniel Chodowiecki realizó un sorprendente grabado con la procesión de Belerma y sus sirvientas que don Quijote ve en la cueva de Montesinos. En lugar de figuras de un romance medieval de caballería, representa a un grupo de mujeres del siglo XVIII caminando por un corredor neoclásico. Chodowiecki destacaba por sus composiciones de pequeño formato, trabajadas con gusto y detalle. En la imagen del Quijote se limitó a trasladar la extraña procesión, sacada de la caballería gótica, al mundo que tanto él como sus espectadores conocían, incrementando así su impacto cómico. Mostró un trato similar hacia este tipo de anacronismos al ilustrar otras obras de la literatura, como las bodas de Fígaro de Beaumarchais, donde representa al conde Almaviva con jubón y calzas propios del Renacimiento, mientras que el peinado de la condesa sigue siendo del estilo del siglo XVIII, al igual que el de Belerma y sus sirvientas en la estampa del Quijote. Y sin embargo el artista reconocía claramente que el atuendo de épocas pasadas no era el mismo que el de sus contemporáneos alemanes. El hecho de que el traje con el que viste al conde Almaviva le sirviera igualmente para don Quijote o Guillermo Tell confirma, no obstante, lo acomodaticio que era su guardarropa.
Desde el momento de su aparición, la novela de Cervantes constituyó un éxito inmediato, lanzándose reediciones y traducciones con tanta rapidez que don Quijote y Sancho formaban ya parte en procesiones en junio de 1605 en Valladolid, y poco después en otras por toda España, Europa y el Nuevo Mundo. Estas celebraciones daban a conocer sus aspectos y hazañas, mientras que los tapices, estampas y cuadros proporcionaban otras oportunidades de conocer su historia. Uno de los primeros ejemplos lo brindó María de Médicis, quien hacia 1640 mandó pintar escenas del Quijote en su castillo de Cheverny.
Todos los testimonios apuntan inequívocamente a la conclusión de que los lectores de los siglos XVII y XVIII consideraban el Quijote como una obra maestra de ficción cómica. Esta opinión es la base de la conocida anécdota de Felipe III, quien al ver a un estudiante riéndose ruidosamente, dijo a sus ayudantes: "Aquel estudiante, o está fuera de sí, o lee el Quijote". También los extranjeros encontraron divertida la novela, sirviendo de inspiración a autores ingleses y franceses. Pocos años después de la publicación de la primera parte del Quijote, Francis Beaumont evocó la locura del protagonista en un personaje de su invención, el ayudante de un tendero, en su obra knight of the burning pestle (1607-1608). No queda claro cómo llegó exactamente a conocimiento del dramaturgo la obra española, bastantes años antes de la aparición de la traducción de Thomas Shelton en 1612, pero la rapidez de su asimilación da ya idea de su popularidad.
Lo amplio y poco preciso que era, entonces, el conocimiento de la moda queda patente en algunas imágenes de distintos autores, siendo, al parecer, las ediciones españolas las únicas que guardaron cierta autenticidad, utilizando pinturas y retratos de la época de Cervantes como modelos de trajes y de armaduras.
Por
Ana Alvarezhttp://www.estiloymoda.comDentro de El quijote y la indumentaria en el siglo XVI