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Miguel Palacio

Pasarela Cibeles edición septiembre 2006
Cuando la vemos por primera vez está cepillándose el pelo con su cuerpo completamente inclinado sobre el suelo. Postura y cabellera impiden ver a la mujer. Súbitamente, la estrella se levanta al advertir la presencia del que fue su gran amor. Ya erguida, dedica una mirada al que interrumpió tan cotidiana tarea. Su rostro resplandece en medio de una melena aún en movimiento. Es la imagen de un sueño, de un anhelo. La diva de entreguerras abría puertas a la imaginación en un tiempo duro e ingenuo.

Hoy se busca una nueva diva porque ahora también, y quizá más que nunca, se hace necesaria la evasión. Sin el alarde de entonces, porque el momento es dificil pero no ingenuo, el divismo presente se traduce en lujo discreto, y al tiempo, inconfundible. Se apuesta por la calculada ornamentación y la breve concesión al espectáculo en las fomas que modelan los todavía sobrios patrones. Vuelve así la ensoñación, aunque más en el terreno del íntimo disfrute que en el de la exhibición.

Por Ana Alvarez
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