Aunque se imponga el protocolo, la primera premisa en la que insiste la experta es en ser fieles a nuestros gustos. Únicamente de esta forma, desprenderemos el aura de seguridad, imprescindible para resultar elegantes (también en nuestro día a día).
Conscientes de este punto, hay que tener muy en cuenta los códigos que impone el escenario del enlace:
Una unión bucólica en el campo: En este caso, Matilde Cano aconseja prescindir de los tacones y optar por una sandalia plana junto a un diseño vaporoso. La norma no escrita nos recordaría que por la mañana no debemos usar un largo que supere las rodillas, pero para una boda en clave campestre una falda a los tobillos o un vestido ligero son una elección impecable. En cuanto a los estampados, las flores acompañaran perfectamente este look.
Una boda clásica: Primarán los tonos neutros, alejándonos de los flúor y los excesos, y nunca, nunca, usaremos el blanco o el negro totales como aliados. ¿Los complementos? Bienvenidas al universo de los tocados, guantes y bolsitos de mano. Estos son los que marcarán el sello de nuestro carácter. El guiño: los años 20 pisan con fuerza. Inspírate en ellos y darás con la tendencia.
Importante: debemos respetar los largos. Podemos jugar con minifaldas (basta mirar a Eva Longoria o Audrey Hepburn en sus respectivas bodas), sin embargo, intentaremos no sobrepasar la medida de la rodilla por la mañana. Y, dentro de la iglesia, mantendremos los hombros cubiertos. Tranquilas, las opciones no se acaban en el chal. Un mantón de Manila o una americana masculina pueden desarrollar sus funciones con nota.
Una boda en un castillo junto al mar: De noche, todos los gatos son pardos. Blanco y negro aceptados, aunque mejor en conjunto. Largos, aceptados también. Y tacones infinitos, aceptadísimos. Eso sí, iremos siempre acordes a nuestra edad y complexión física. Las cinturas altas crean piernas interminables y los vestidos ajustados pueden hacer una silueta espectacular pero, ¡ojo! no dejemos que se conviertan en nuestro enemigo.
Imágenes del desfile PV 2012 de Matilde Cano